Aziyade Ruiz. Exposiciones.

Nosotros, Estudio-Taller de la artista y casa Guayasamín, 8va Bienal de la Habana 2003.

Caridad Blanco de la Cruz. Nosotros. Texto Catálogo de exposición Nosotros. 8va Bienal 2003.

Una palabra, solo una palabra:
Y de pronto la vida se me llenó de luz... Dulce María Loynaz"

Primero fue el agua, siempre el agua. En tanto se sucedían, unas tras otras, las series de la artista Aziyadé Ruiz. Cada una de ellas reiteraba el empeño de reflexionar en torno a la convivencia. Una convivencia donde, inevitablemente, se hurga en lo privado, en su sesgo más íntimo, en el espacio vital que ocupa lo cotidiano y se manifiestan esas contradicciones implícitas en los sentimientos y emociones humanas.

Las series Mujeres sin cuerpo y Principio y fin tuvieron a la mujer como protagonista y testimoniante en un escenario en el cual la artista se valía de una figuración expresionista en la construcción de la atmósfera necesaria para relatar (a modo de arqueóloga) "las fuerzas de una tradición familiar perfiladas por lo femenino".(1)

Aziyadé no ha dejado que esa tradición se escape y realiza ahora un giro mediante el cual cala más hondo en esa tradición. Muy particular es su énfasis en el matrimonio, poderosa institución que la propia sociedad apuntala. El, como núcleo fundacional y de poder, desde donde todo se organiza, estructura, dirige y también define, pese a que, en la actualidad, sus modelos han sido puestos en crisis.

Nosotros es una instalación que pondera ese espacio de aceptación y negociaciones que puede ser todavía hoy el matrimonio. Aquí se cuenta un particular anecdotario, de manera tal que no estén vivas sólo en la memoria de la artista o su familia. La historia se salva ante los otros ese otro público y social que es, sin saberlo, un ente no excluido de ella.

Una foto antigua, de tiernos rosas y tímidos azules, convertida en una gigantografía, da inicio a la narración. Un ojo de agua fueron a ver juntos, hace ya mucho tiempo, los abuelos paternos de Aziyadé. Ella tenía sólo 15 años, él 25 justo, tras el árbol en lontananza, ella fue besada por primera vez. Amores puestos a prueba, que desean y pierden y vuelven a desear. Así es su sino y lo cuentan los cuerpos de parejas. Cuerpos que recuerdan, haciendo el amor sobrecamas de su propia carne, de piel una y otra vez estremecida. Recuerdos dispares tienen cada una de las figuras de estos duetos. Ella tierra; el estaño, Uno de barro, otro de sal.

Una mujer, tal vez de mármol rosa, y su hombre. Su hombre de cobre dúctil. En un libro trémulo, una pareja se besa, baila, ríe, se abraza o tiene a un niño en los brazos. Cada fotografía, cada palabra en las cartas de él es fragmento del romance de Aziyadé y Agustín Bejarano. Es su historia, otro segmento que la artista nos ha querido contar, de cómo no terminan nunca el amor y el poder, la seducción y las negociaciones, los encuentros y las ausencias: las pérdidas y resurrecciones. El comentario acerca de aquella tradición de celebrar ¡os aniversarios de bodas, le ha dado a la artista suficiente material simbólico como para establecer una distancia critica de la parte almibarada de este asunto y adentrarse en la complejidad que presuponen las relaciones de pareja, la familia, los hijos. En el momento de registrar su propia experiencia, están sumando la de sus coetáneos cubanos, como es de suponerse a una narración donde el "nosotros" es la clave de inicio, continuidad y fin. Para unas bodas de plata, Aziyadé confeccionó un colchón de satín rojo, esgrimiendo la pasión que es posible sobreviva todavía. En tanto, ha dibujado la trayectoria que viene del noviazgo, pasa por el matrimonio y llega a configurar toda una familia. Por eso sobre una cama áurea descansa una pareja, merecido tributo a sus abuelos que estuvieron juntos por más de 50 años. Esos son sus cuerpos, los que van a fundirse definitivamente.

Si ha sido "el cuerpo el primer territorio que debemos ocupar" evitando vaciarnos, en esta era mediática y virtual que cultiva cada vez con mayor fuerza y virtuosismo nuestras ilusiones; el único antídoto entonces, para evitar que nuestro ser sucumba ante los ardides masificadores del ansia y los sueños que otros nos programan, fabrican e imponen, será que ese cuerpo no viva nuestra ausencia y logre volver en sí en ese preciso lugar donde sólo somos nosotros.

Octubre 11. en la Víbora (mientras una muchacha que vi nacer cumple sus 15 años)
(1) Así lo había definido ya en el articulo "Tras el ojo de agua" II, publicado en El Caimán Barbudo. Ia Habana, Cuba. Año 32, 2002, Edición 306. p. 18.

 

 
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