Aziyade Ruiz. Exposiciones.

Toda esta luz difícil. Galería La Acacia. La Habana , Cuba, 2006.

La suerte de quien comparte Toda esta luz difícil. Aylet Ojeda Jequín, Especialista del Museo Nacional de Bellas Artes.

La suerte de quien comparte Toda esta luz difícil

“…el arte no es el signo de una cosa real dada; su lectura no restituye una imagen
compuesta de elementos que, en un momento determinado, se
hallaron colocados, tal y como son, todos organizados,
a la vista del espectador. La obra está en la memoria, o, más exactamente,
en las memorias: la memoria del artista que crea y
la memoria de los espectadores que contemplan la obra de éste…”


Pierre Francastel

La memoria local, aquella que va desde el plano doméstico hasta lo social y viceversa, encarna una inquietud en boga en nuestro tiempo. Uno de los motivos reales para esta tendencia podría ser la agitada manera de vivir y comunicarse en la sociedad contemporánea, donde ni los más sublimes momentos perduran porque compiten con realidades poderosas que usurpan el protagonismo la mayor parte del tiempo. La propia sociedad va imponiendo un ritmo inacabado -como carrera de obstáculos- para el individuo y lo presiona hacia derroteros preestablecidos.

Esta es una de las razones por las cuales el discurso de la memoria ha devenido uno de los platos fuertes en el contexto del arte contemporáneo: el artista ocupa su responsabilidad como “hacedor” de artefactos referenciales, a la manera de una estrategia de resistencia hacia las condicionantes impuestas por la globalización, el mercado y los medios de difusión masiva. Entonces crea la representación expresiva de formas que son personales y objetivas al mismo tiempo, capaces de confrontar la amnesia derivada del advenimiento de estos nuevos tiempos. Esto hace que el artista contemporáneo enfrente sus propios conflictos con el mundo que le rodea, a través de metáforas y alegorías, referenciando lo natural y prístino.

La implicación de experiencias personales o referidas por el otro envuelve no solo al artista sino también al consumidor de la obra de arte, tomando esta última una función diferente desde el plano de lo reflexivo. Cuestionarse circunstancias y acciones cotidianas del individuo facilita la lectura del objeto artístico y le imputa a este un carácter íntimo de complicidad aparente. El simple hecho de compartir la experiencia con otros, a través de un tono espontáneo y pródigo, hace del artista un defensor real de la autonomía que le corresponde como ser social, dejando a un lado falsos recursos de pudor para abrir paso a la franca realidad que le concierne y que, a su vez, conduce de cierta forma su existencia. La obra se erige como espacio de redención, donde el fruto de la experiencia individual y colectiva brota casi rozando el margen de lo utópico en una sociedad empecinada en legitimar lo imperecedero.

I
“…sales a observar la noche…”

En el contexto cubano muchos creadores han optado por esta función de narradores de realidades próximas, esas que se desdoblan y pasan a colectivas gracias a la referencia. En esta tónica se encuentra la obra de Aziyadé Ruiz Vallejo (Camagüey, 1972), quien desde su rol de mujer y de artista ha hecho de su producción un reflejo de los diversos conflictos de la convivencia y de la búsqueda de la felicidad en el marco afectivo, cualidad que la ha insertado entre los creadores de corte intimista cuyo efecto de lo vivencial se refleja en la obra de arte.

Desde su graduación del Instituto Superior de Arte (ISA) en 1996, Aziyadé muestra su preocupación por el espacio íntimo pues la muestra Me miro al espejo, exhibida en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, presentaba una serie de grabados alegóricos al nuevo acontecimiento que marcaba su condición de mujer: la maternidad. Sus siguientes producciones hablan de su recinto familiar, del emprendimiento multifacético de la triada madre-mujer-artista, hasta devenir en el cuestionamiento antropológico de desmitificación de la mujer, un tema tan imperioso aun en los albores del siglo XXI.

Aziyadé indaga los sustratos de su condición de mujer para ofrecernos un arte reflexivo sobre el discurso feminista. Trata de recolocar la figura femenina y su función social tomando su historia como patrón viable para este fin. La remembranza, la autocomplacencia y la introversión van de la mano por el amplio espacio de sus narrativas plásticas. Despertar fantasmas dormidos en su memoria, así como poner en tela de juicio situaciones afectivas íntimas, no resulta un tabú para ella pues valora su situación de cronista de realidades latentes en el universo introspectivo del ser. Ella constata que lo prodigioso de la creación estriba en hacer del sujeto creativo un ente que valora por encima de reparos la necesidad de enunciar y expresar inquietudes, a pesar de la aflicción contenida por la preocupación de la aceptación.

La evolución discursiva y reflexiva se hace evidente a lo largo de su trayectoria con asociaciones y cuestionamientos acertados. Si bien la maternidad dejó una huella en su quehacer, también dio paso al deseo de sobreponerse a las obligaciones femeninas. La connotación de su compromiso emotivo y social se tornó un inconveniente para sus ansias expresivas. Acorralada en el espacio doméstico recapacita sobre su necesidad de trascenderlo y vuelca en su obra esa avidez por traspasar lazos en busca de una libertad limitada por el compromiso y encuentra una zona de esparcimiento en la entelequia de su mundo interior y el medio fantástico de los juguetes de sus hijos. Esto potencia la realización de una propuesta poblada de simbolismos herméticos para quien no ha disfrutado la suerte de su situación, mientras que para los entendidos en el tema se abre un universo de metáforas semánticas.

Dentro de la zona álgida de los roles genéricos, la obra de Aziyadé debate situaciones propias de la sociedad donde vive, tocando temas contextuales como el consuelo machista arquetípico en la educación, la religiosidad y los mitos asociados a la figura femenina, entre otros. La artista se plantea interrogantes en torno a tales problemáticas y pone en duda los modelos redundantes de conducta aprendidos en el seno familiar -como esquemas de comportamientos- que truncan en el individuo la emancipación imperiosa para fundar sus propios valores y le obligan a adoptar esa temible carga heredada impidiendo, en muchos casos, la autorrealización y la inserción en el medio social.

Aziyadé va reciclando los referentes potenciales que la rodean, esos que le permiten consumar su arte sin renunciar a los enunciados temáticos liados a su contexto. Su obra evoluciona erigiendo tapices cotidianos, basada en los más insólitos eventos habituales; crea producciones inundadas de cuestionamientos y preocupaciones metafísicas sobre el concepto de “existir”, tan difícil de definir teniendo en cuenta que vivimos de prisa. Las piezas van mutando hacia nuevas rutas que universalizan su propuesta, incluyendo al individuo y su esencia como epicentros únicos en sus relatos de vida.

La sensibilidad emite el eco ensordecedor e instaura un puente que va desde la prerrogativa humana hasta la legitimación de nuevos patrones referenciales. Su trabajo se va desprendiendo así del remanente de la vida privada y del ámbito familiar para desplegarse hacia rumbos más amplios en busca del entendimiento de la esencia de la condición humana. Es por eso que sus creaciones se tornan cada vez más universales, amparando interrogaciones generales sobre el ser y sus angustias, las emociones y sentimientos, así como toda actitud emotiva hacia los acontecimientos impuestos por la propia existencia.

II
“…y al final del camino toda esta luz difícil.”

La nueva producción de Aziyadé exhibida en la Galería La Acacia incursiona los derroteros de la abstracción explotando las potencialidades sensitivas propiciadas por este modo de crear. Comunicarse con colores y tonos, trazos, líneas y texturas, hace de la serie Toda esta luz difícil una experiencia sentida a todos los niveles, donde la aceptación del intento comienza cuando el espectador se enfrenta a la obra y es capaz de leerla con los sentidos. No es esta es una serie pensada y realizada para los pobres de espíritu sino para los diestros en la comunicación sensorial; aquellos preparados para traspasar el mero gesto de mirar la obra de arte y juzgarla a partir de una práctica personal. Cada mancha de color refleja un estado de ánimo, una experiencia vivida, un sentimiento enjuiciado a nivel psicológico.

Toda esta luz difícil está basada en el poemario inédito de Juan Ruiz, padre de Aziyadé, quien ha sido soporte e inspiración para ella y la guió en sus primeros pasos por el trillado camino de las rutas del arte. La muestra tiene puntos comunes con su anterior producción, donde afloran su historia personal y familiar, pero ahora no son vivencias desde lo privativo, sino inclusión, adopción de conclusiones filosóficas sobre la vida y sus encantos-desencantos. La artista traduce a un lenguaje gestual y pictórico las metáforas profesadas en los versos. Experimenta en carne propia la reencarnación de certidumbres próximas del discurso paterno; las abraza con un toque íntimo y personal, para luego exteriorizarlas en su quehacer con el sello de su trazo y el lúcido velo de su propia práctica cognitiva.

En cada obra de esta serie -en unas más que en otras- se legitima el colofón de un trabajo maduro. La figuración comienza a desaparecer y deja que los trazos y texturas expresen el contenido afectivo. Aun en algunas de las piezas se vislumbran símbolos de su anterior producción: la mujer -ahora travestida en siluetas escondidas de miradas audaces-, y las gotas como icono recurrente y referencia de cada uno de los fluidos emanados por el cuerpo para expresar lo que solo siente el alma. Es difícil hablar de conflictos existenciales y privados sin aludir a lo que estos provocan: lágrimas de dolor o alegría; sudor por el esfuerzo implicado en el día a día; caer y levantarse; líquidos emanados del placer, del goce de la compañía deseada; en fin, el agua vital. A su vez, privar su discurso de la presencia de la figura femenina sería obviar su condición y su manera de ver el mundo, teniendo en cuenta que esto propicia una sensibilidad más aguda para procesar las vivencias en el plano afectivo y epistémico.

La variedad de los formatos asevera el modo espontáneo, inducido por el referente. Lo mismo sucede con los colores, a partir de la idea Aziyadé selecciona instintivamente el adecuado.

En Recuerdos de un viaje sorprende la conexión de las líneas curvas con sombras elevadas que asemejan una catedral gótica. Esta pieza está basada en un poema sobre el universo, caótico tal cual, físico o introspectivo, pero con los altos y bajos, imprevistos e insuficiencias que supeditan el fluir de una vida colmada de toda una cultura ancestral heredada. La artista ha creado una atmósfera ensordecedora en su experimentación con el óleo y el acrílico, desprendiéndose así, de a poco, de esta última técnica esgrimida en sus anteriores producciones, hasta llevarnos al deslumbramiento ante una obra con un acabado sorprendente.

El titulo de la muestra es el último verso del poema que inspira la pieza de igual nombre: El viento nos trae la fragancia de los trópicos. Aquí nos enfrentamos a una oda a la existencia misma, a toda esta luz difícil que es vivir persiguiendo una historia personal llena de esperanzas, conflictos, inmolaciones, angustias y clementes momentos. El color más estridente define el círculo de la vida con trazos arremolinados cual huellas en el tiempo, huellas de permanencia. El lirismo recurrente de los fluidos, la sombra que se agolpa desnuda, el todo compuesto de metáforas a la usanza de los existencialistas del siglo XIX. Aziyadé no cuenta una historia como antes; ahora cuenta un sentir, un estado subjetivo y místico de eso que llamamos alma. Los colores estridentes también traen la fragancia de los trópicos, el sentir de un ser nacido en una isla del Caribe dotada de características muy singulares y con todo el peso de su historia a cuestas.

En la misma cuerda observamos Los años, la vida y El mañana es una caracola noctámbula donde nos habla del transcurrir del tiempo por nuestra presencia, de la violencia de los acontecimientos que vienen y van transformándolo todo -sin previo aviso- y dejan huellas en el cuerpo y en la subjetividad. En Los años, la vida la creadora proyecta un torbellino de ondulados pliegues sobre una sombra simulando una silueta desplomada para revelar el torrente de sucesos que acaecen, diferenciando su naturaleza con colores. Sin anunciarse, esos sucesos hacen posible la incertidumbre de un mañana insospechado que, aunque incierto, no niega los vestigios de un aprendizaje incorporado, pródigo legado indeseado, impuesto por una identidad tributada.

El carácter autorreferencial contenido en la obra de Aziyadé no limita su propiedad abarcadora de historias similares y contenidas en cada uno de nosotros, consumidores de un arte que despierta estratos escondidos en el fondo del cúmulo de nuestras memorias pasadas. Ante las obras de Aziyadé el individuo puede asir la línea de lectura aunque no por obvia. Los colores cálidos articulan cada lienzo, como cálida es su intención optimista y consciente ante la comprensión de la difícil batalla que es, en definitiva, vivir. La violencia de las líneas, el descabellado desenfado en la metodología de las mixturas atropelladas y pasionales denotan la intensidad de su resolución locuaz así como el tormento de un espíritu que desborda en sensibilidades e historias mutadas.

La obra Sales a observar la noche tiene una fuerte carga autobiográfica. Basada en un texto realizado para la autora alude a su pasión por la noche y sus misterios, lo cual ha sido también parte de sus inquietudes creativas. La noche implica la metamorfosis de la realidad aparente: sujetos enajenados, busca vidas, soledades encontradas, la seducción, desilusiones y otros subterfugios de sobrevivencia. Un mundo incógnito se desencadena ante los ojos de quien agudamente la observa y cautiva su entendimiento. Todos estos enigmas sonámbulos hechizan a Aziyadé y es por eso que los incorpora entre sus inquietudes estéticas para divulgar la incidencia en el sujeto, así como los estigmas remanentes. Una sombra protagoniza esta obra –quizás una autorrepresentación-; solo se distingue entre los trazos la forma circular de una cabeza. Este elemento se complementa con su anterior preocupación por la cosificación de la mujer y su interés en resaltar su condición humana por encima de toda discriminación genérica.

Esta obra es, sin dudas, la representación de quien profesa un interés marcado por las noches de desvelo y las observa tratando de razonar con coherencia las sensaciones y descubrimientos que en ella se revelan. También alude a la soledad del individuo cuando decide comprender el universo por si mismo, evadiendo argucias esgrimidas por el otro y solo permitiéndose observar la noche para dilucidar hacia dónde lo lleva y por qué.

La abstracción es el recurso más efectivo a la hora de expresar emociones y preocupaciones antropológicas de una manera gestual. Si bien la artista esbozaba su tendencia abstraccionista en la realización de los fondos de sus anteriores series y en la síntesis figurativa cada vez más significativa, ahora sorprende con la muestra fehaciente de su capacidad para enfrentar el reto que implica el desprendimiento parcial de la figuración. Se vale de medios inexplorados en sus pasadas producciones para darle alas a una nueva obra que pretende ser más abarcadora y universal. Cada pieza refleja el mundo de los significados y los significantes con estrategias de representación nunca antes examinadas por ella.

Comunicar verdades, estados de ánimo y conceptos existenciales no es tarea fácil. Aziyadé ha logrado complementarlo todo, con un poder de síntesis apreciable, sin desprenderse de ese halo intimista que caracteriza su trabajo. Sin perder su identidad artística refresca las agudas miradas de los escépticos con una obra renovada, fruto de su ansia de experimentación plástica.

Hablamos de la realización de quien es mujer, madre, amante, artista, atributos todos que la hacen conquistadora de toda esta luz difícil que es existir y ser consecuente con uno mismo como ser social soberano, merecedor de conquistar su autonomía sin mediar estructuras sociales profesadoras de esquemas estereotipados de comportamiento. Esta obra esta dirigida a aquellos que comparten la misma suerte.

Aylet Ojeda Jequín
Licenciada en Historia del arte
Especialista del Museo Nacional de Bellas Artes

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