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Exposiciones. |
Mujeres diferentes. Galería de Arte Domingo Ravenet , Habana, Marzo 1994.
D. Montes de Oca. Mujeres, sí... pero de qué manera. Catálogo de la Exposición Mujeres diferentes. Galería de Arte Domingo Ravenet , Habana, Marzo 1994.
Atrás quedaron los días de las transgresiones a la modernidad, y de la emergente sacudida de la mujer ¨objeto a representar¨, sustituida luego por la mujer ¨sujeto de representación¨. En realidad ella nunca había dejado de serlo, -de ser artista -, solo que con el ¨post¨ le permitieron hablar de su marginalidad. Nada, una nueva forma de referirse a nosotras y de notificar que por ahí andábamos. Otro paternalismo de carrera. El que hoy nos ocupa, no es un problema de identidad. Al menos no el de la identidad femenina. Quiero tocar otro tema, el de la identidad sujeto-medio artístico; tan diversificada como artistas y obras de arte posibles.
Estas obras no conceptualizan sobre la especificidad de lo artístico -en realidad no conceptualizan sobre casi nada-; hablan de la condición vivencial, es decir existencial, expresiva y comunicativa del arte. Lo hacen incluso desde la ya asentada tradición plástica occidental.
Si algo trascendental pudiéramos decir de ellas es que, aún vinculadas a un evento de mujeres, se resisten a cualquier trance demostrativo sobre su pertenencia al mundo femenino. Lo único verdaderamente demostrable y reconocible aquí es el peso de la individualidad, de un universo personal, que es también -a veces-colectivo. En tal sentido procederé a un inventario escueto y riguroso sobre cada una de las exponentes. Rocío García es una artista de la fabulación. Su sentido narrativo, de notable capacidad sintética, tiene en lo pictórico una refracción que supera con creces el tono escueto de la anécdota. Su pintura es entonces narcisista; no digo hedonista porque su fin no es el del placer retiniano, sino y sobre todo, el del placer erótico de representar, el de un erotismo de la representación.
Su valor no está únicamente en lo narrado, más bien comienza allí, multiplicándose, proyectándose, sobredimensionándose desde la pintura.
La pintura de Alicia Leal es por su parte tan detallada, minuciosa y ¨artesanal¨, que en el peso de lo narrado sentimos como si un detalle pudiera romper el hechizo de la representación.
Paradójicamente lo que buscamos no se halla en la pulcritud de sus soluciones ¨naif¨, en su literalidad. De cualquier modo, tanta lindura nos desconcierta cuando descubrimos en algunos de sus temas situaciones límites y lo suficientemente descarnadas que tienden a reflexiones más generalizadoras y universales.
Es en los trabajos de Aziyadé Ruiz donde encontramos una perspectiva verdaderamente intimista. Ella incluso, hace dejación de cualquier compromiso enfático con la tradición plástica, como si quisiera anular las diferencias entre el acto de crear y el de vivir, entre el lenguaje como técnica y la expresión necesidad. Tanta claridad es la evidencia paradójica de un deseo reprimido hacia el mundo que la rodea; el de ser honesta consigo misma y con los demás.
Patricia Martínez, Hilda Vidal y Sandra Ceballos, la otra mitad de esta manzana, son artistas que se regodean en el poder traslaticio de la imagen y el signo.
Patricia crea una red de transposiciones, entre elementos provenientes del mundo mecánico, industrial, o tecnológico, y otros de origen orgánico y natural. Esta simbiosis le ha valido un primitivismo fantasioso que versa positivamente sobre el origen de los procesos y la serialidad. El todo aquí es la materia; un engranaje de elementos perfectamente integrados y articulados; una de la partes, el hombre: metamorfoseado y reinventado por su propio devenir.
Hilda protagoniza un ensayo constante sobre el lenguaje plástico y sus posibilidades de expresión. Sus obras se sustentan por un principio de acumulación donde alternan y se yuxtaponen texturas, delimitaciones especiales, contraposiciones arquetípicas y hasta un refinadísimo humor contrapunteando con el dramatismo de algunas situaciones. El resultado es el de una figuración neo-primitiva que la autora moldea con rigor de alquimia. Nada que sobre irá a buscar.
Sandra ha sido en varias historias la anti-héroe femenina, y ya se sabe de la tendencia de este personaje. Su encargo es el de una violencia sin límites, arremetiendo con todo y contra todos. No recuerdo un instante de sosiego. Además de inquietar, sus obras son perversas: cuando nos creemos adaptados, Sandra recobra fuerza para no dejarnos descansar. Ella siente una obsesión peculiar por el gesto dadá, pero como prefiere la pintura sus armas suelen ser las del neoexpresionismo hecho a puñetazos, buena bomba para sus semejantes.
Estas son sólo algunas de las reflexiones posibles ante un conjunto de obras que, al exhibirse como muestra de grupo, delatan la complicidad de seis mujeres diferentes en el esfuerzo por imponer sus identidades como una cuestión de poéticas artísticas.
